Ángel Gallifa y Larraz fue un jurisconsulto, helenista, periodista, dramaturgo y político español del siglo XIX. Nuestro autor —poco estudiado— tuvo una vida activa, convulsa, azarosa y polifacética, lo que dificulta fijar una cronología exacta. Nació en Zaragoza en una fecha por determinar, aunque se cree que fue a lo largo del decenio de 1820, y dentro de una familia que pudo proporcionarle una esmerada educación. Se licenció en Derecho en 1847. De ideología progresista desde su juventud, apoyó fervientemente al general Espartero (1793-1879) durante su regencia (1840-1843) desde el periódico El eco de Aragón. En los años siguientes, ocupó por unos pocos años el cargo de profesor de Griego en el instituto de Soria antes de comenzar su carrera en la judicatura, ya de vuelta en Zaragoza. Desde la audiencia de la capital aragonesa, empezó a criticar la corrupción de los gobiernos moderados del reinado de Isabel II (1830-1904, reina de España entre 1833 y 1868) a través de artículos en la prensa de esa urbe y dedicó tiempo a la composición de dramas teatrales con finalidad pedagógica. La dureza de sus críticas fue creciendo y, finalmente, le valió el destierro: a mediados del decenio de 1860 fue deportado a la isla de Tenerife. Se instaló en La Orotava, donde contrajo matrimonio y se dedicó a diferentes actividades eruditas y divulgativas que le valieron el afecto de sus vecinos. De vuelta en la Península, apoyó sin fisuras la Revolución de 1868, fue presidente de la Junta Revolucionaria de Zaragoza y gobernador civil de esa ciudad durante dos meses. En 1869 regresó a la judicatura, y durante los años siguientes ocupó diversos cargos en audiencias de toda España: La Coruña (1869), Barcelona (1869), Valencia (1870), Valladolid (1871) y Madrid (1872). Con la Restauración borbónica, y al haberse significado tanto, sufrió varios años de cesantías y sinsabores, que terminaron con su nombramiento como juez de la audiencia de Granada en 1880 al no quedar ya ni un solo suplente más en todo el país. Solo un año después regresó a la de Madrid, y desde 1883 ocupó su presidencia. Finalmente, falleció en 1887 en la capital de España. Al ser una figura incómoda para el poder, no recibió ningún homenaje póstumo y su deceso apenas tuvo repercusión pública.
El trabajo filológico de Gallifa fue escaso y se concretó en la composición de un manual de gramática griega destinado a estudiantes de secundaria. El texto, que fue oficial en muchos institutos españoles durante la segunda mitad del siglo XIX —lo que justificó sus reimpresiones—, pretendía recuperar el espíritu didáctico de los autores renacentistas. Consta de unas nociones preliminares, donde se da a conocer el alfabeto; notas sobre analogía nominal, y un amplio capítulo dedicado a la conjugación de los verbos. Además, incluye un apéndice final sobre los dialectos griegos y unos ejercicios de traducción de fragmentos de textos de grandes autores clásicos.
Jaime Peña Arce